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ALEGRÍA O TRISTEZA? EMOCIONES GRABADAS EN EL NIÑO DURANTE LA GESTACIÓN

ALEGRÍA o TRISTEZA: ¿Que quieres para tu hijo?

El embrión percibe cualquier emoción que siente la madre durante el embarazo producida por una situación, que puede ser de cualquier tipo, positiva o negativa.

Cuando la mayor parte de las emociones que la madre transmite al embrión son positivas, están relacionadas con la alegría, la salud, el bienestar  y las ganas de vivir, el niño más adelante durante su desarrollo posterior, va a estar muy familiarizado con estos sentimientos y se va a mostrar como un niño vivaz, alegre, curioso, espontáneo, sano y positivo.

Sin embargo, cuando la mayoría de los sentimientos son negativos y están relacionados con un fallecimiento o una enfermedad grave en la familia, separaciones, problemas económicos, peleas, gritos, disgustos etc.

El niño en su desarrollo emocional, durante su infancia y toda su vida, va a sentir la carga de estos sentimientos negativos  y va a entender mejor  los mensajes negativos que la vida le ofrece que los positivos, lo que en él se traduce en que tendrá más miedos y desconfianza ante la vida en sí, menos espontaneidad, menos alegría y positividad, menos curiosidad por lo que ve alrededor, por el juego, entenderá la enfermedad como algo normal, en definitiva será un niño más predispuesto a sentirse deprimido, diferente, aislado, acomplejado  y enfermo.

Le costará más incorporarse a la vida de juego y alegría de los niños,  a las ganas de explorar, conocer su mundo, divertirse, compartir, dar y recibir amor, sentirse querido y aceptado, lo que en resumen le propiciará una vida más pesada que si el mensaje transmitido durante la gestación y la infancia hubiese sido el contrario.

EJEMPLO DE UNA MUJER DE 54 AÑOS:

Karina contaba que desde que se recuerda, nunca fue feliz. De niña se consideraba diferente a los demás niños de su clase, se sentía el patito feo, enfermaba con frecuencia, su madre estaba siempre «ausente» en su mundo, y la niña le estorbaba continuamente, la culpaba de todo lo que le ocurría a ella, le proyectaba su propia infelicidad a Karina. Siempre que se podía librar de la niña, la madre la dejaba con sus tías o vecinas, incluso a los 10 años la llevó a un internado. El padre tampoco supo darle un amor incondicional que la hiciera sentir VALIOSA.

Karina pensaba que su madre no la quería, sin embargo la madre, se preocupaba mucho por que su hijita estuviese en el mejor colegio, que tuviese las mejores ropas y una niñera impecable.  Así Karina en su interior  generó hacia su madre un doble sentimiento: la quería pero no la quería….., mientras se veía fea, gorda y nada atractiva.

De adolescente ya mostraba vergüenza ante los chicos, le dolía la espalda, tenía alergia, malas digestiones……todo lo que le impedía hacer una vida de adolescente: juguetona y divertida.

Cuando tenía 18 años la policía la buscó en el instituto para comunicarle que la madre había fallecido en un desgraciado accidente: este capítulo de su vida la marcó mucho, pues sentía culpabilidad por querer y no querer a su madre. Vivió una dura juventud.

A los 27 años tuvo una hija, pensó que ya lo tenía todo en su vida, que a partir de entonces iba a ser feliz, pero la realidad fue muy diferente: Karina trataba a su hijita igual que su madre la había tratado a ella, y ahí supo que algo iba mal, su pequeña la miraba con desconfianza y manifestaba alteraciones en su conducta.

Comenzó lo que ella denomina «un peregrinaje terapéutico» de psicólogo en psicólogo, de terapia en terapia hasta que decidió indagar en lo que ocurrió durante su vida intrauterina: ahí encontró la explicación de su continua infelicidad, malestar y continuas enfermedades.

4 meses antes de la boda de sus padres, la madre de su madre murió súbitamente, lo que la sumergió en una profunda depresión.  Cuando quedó embarazada de Karina, parecía que se estaba recuperando cuando el hermano gemelo de la madre cayó enfermo de cáncer en el 5º mes de embarazo, con lo que la madre volvió a entrar en otra depresión que duró hasta después de la muerte del hermano, que acaeció cuando Karina tenía solo unos meses de vida.

La niña pasó de mano en mano, de niñera en niñera mientras la madre «se recuperaba», cosa que nunca ocurrió, pues el marido y padre de Karina, también le era infiel.  De esta manera, los sentimientos de depresión, soledad, tristeza, aislamiento etc, que había vivido la madre desde que ella estaba en su vientre, literalmente Karina los imprimió en su subconsciente llegando a vivir la vida que tan penosamente vivió. A partir de entonces y bien dirigida por un terapeuta Karina qué superando esas improntas que marcaron su vida.

Después de un año, Karina confesaba que su vida cambió cuando tuvo la certeza de que ella no era imperfecta, sino que había vivido los primeros años de su vida inmersa en la tristeza, culpabilización con que su madre la trataba desde su propio dolor, a pesar de que la quería y mucho, pero todo lo negativo quedó en la mente de la pequeña y determinó su modo de sentir y vivir la vida.

Este ejemplo ilustra la importancia que tienen las emociones que la madre transmite al niño, y dado que los acontecimientos dolorosos no podemos controlarlos, si que podemos controlar la manera de transmitir a los niños el dolor de los padres para evitarles una vida llena de tristeza, enfermedad, soledad y miedos.

Para esto es conveniente CONTAR AL NIÑO incluso dentro del útero, que lo que está ocurriendo no es por culpa de él, no se debe a él, que mamá está triste por otra cosa pero que LO AMA INCONDICIONALMENTE, esto es lo más importante para la vida del niño.

 

 

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